Publicidad:
La Coctelera

tlufanlatino

20 Abril 2007

Dos corazones - Peter S. Beagle

MI HERMANO WILFRID SIGUE diciendo que no le parece justo que todo esto me haya pasado. Era una niña, casi una bebé, y aún demasiado tonta como para atarme correctamente las sandalias. Pero yo creo que es justo. Creo que todo sucedió exactamente como tenía que haber pasado. Excepto por las cosas tristes, y quizá éstas también.

Soy Sooz, y tengo nueve años. Diez el mes próximo, en el aniversario del día en que llegó el grifo. Wilfrid dice que fue por mi culpa que el grifo oyó que el bebé más horrible del mundo acababa de nacer, y que me iba a comer, pero que yo era muy fea, hasta para un grifo. Fue entonces que anidó en el Midwood (nosotros lo llamamos así, pero su verdadero nombre es Bosque de Medianoche, por la oscuridad bajo los árboles) y se quedó para devorarse nuestras ovejas y cabras. Los grifos hacen eso si les gusta un lugar.

Pero nunca se había comido a los niños, no hasta este año.

Yo sólo lo vi una vez —antes, quiero decir— elevándose sobre los árboles una noche, como una segunda luna. Sólo que no había luna entonces. No había nada más en el mundo que el grifo, plumas doradas ardiendo en su cuerpo de león y alas de águila, con sus grandes garras frontales como colmillos, y ese monstruoso pico que se veía demasiado grande para su propia cabeza. Wilfrid dice que grité durante tres días, pero está mintiendo, y tampoco me escondí en el desván, como él dice, sino que dormí esas dos noches en el granero, con nuestra perra Malka. Pues yo sabía que Malka nunca permitiría que algo me atrapase.

Bueno, sé que mis padres tampoco, no si hubieran podido evitarlo. Es sólo que Malka es la perra más grande y brava de toda la aldea, y no le teme a nada. Y después de que el grifo se llevó a Jehane, la hija del herrero, no podía evitar ver lo asustado que estaba mi padre, corriendo de un lado a otro con otros hombres, tratando de organizar algún tipo de patrulla para que la gente pudiera saber cuando se acercase el grifo. Sabía que estaba preocupado por mi madre y por mí, y que hacía todo lo posible por protegernos, pero no me hizo sentir más segura, y Malka sí.

De todos modos nadie sabía qué hacer. Nadie, ni mi padre. Y ya era bastante malo que el grifo se llevara las ovejas, porque casi todos aquí dependen de la venta de la leche, el queso o cosas hechas con piel de cordero para ganarse la vida. Pero cuando se llevó a Jehane, a principios de la primavera pasada, todo cambió. Enviamos mensajeros al rey —tres en total— y en cada ocasión, el rey envió a alguien más con ellos. La primera vez, fue sólo un caballero, sin ninguna compañía. Su nombre era Douros, y me regaló una manzana. Partió cabalgando hacia el Midwood, cantando, y nunca volvimos a verlo.

La segunda vez —después de que el grifo se llevó a Louli, el niño que trabajaba para el molinero— el rey envió a cinco caballeros juntos. Uno de ellos sí logró regresar, pero murió antes de que pudiese decirnos qué les sucedió.

La tercera vez, vino una escuadrilla entera. O al menos eso fue lo que dijo mi padre. No sé cuántos soldados forman una escuadrilla, pero eran muchos, y estuvieron por tres días por todo el pueblo, armando sus tiendas por todas partes y metiendo sus caballos en cada establo, y jactándose en la taberna de que pronto se encargarían de aquel grifo por nosotros, pobres campesinos. Había músicos tocando cuando partieron hacia el Midwood, lo recuerdo, y recuerdo cuando la música cesó, y los sonidos que escuchamos después…

Después de eso, la aldea no envió más mensajeros al rey. No quisimos que más de sus hombres viniesen a morir, cosa que no era de ninguna ayuda. A partir de entonces, todos los niños debían estar dentro de sus casas al atardecer, cuando el grifo despertaba de su día de descanso para cazar de nuevo. No podíamos jugar juntos, correr, llevar recados o cuidar del ganado por nuestros padres, ni siquiera dormir cerca de ventanas abiertas, por miedo al grifo. No tenía nada que hacer, salvo leer libros que ya me sabía de memoria y quejarme ante mi padre y mi madre, que ya estaban demasiado cansados de estar cuidándonos a Wilfrid y a mí como para tomarnos en cuenta. También tenían que cuidar de otros niños, y montar guardia con otras familias, —y cuidar de las ovejas y cabras— así que siempre estaban cansados, así como asustados, y molestos uno con otro la mayor parte del tiempo. Con los demás pasaba igual.

Y entonces, el grifo se llevó a Felicitas.

Felicitas no podía hablar, pero era mi mejor amiga, siempre, desde que éramos pequeñas. Yo siempre sabía lo que ella quería decir, y ella me comprendía a mí, mejor que nadie, y jugábamos juntas de una manera especial que nunca podré volver a jugar con nadie jamás. Su familia pensaba que era un desperdicio alimentarla, ya que ningún joven querría casarse con una muchacha muda, así que la dejaban venir a comer con nosotros la mayor parte del tiempo. Wilfrid solía reírse del ruidito balbuceante que era el único sonido que ella podía hacer, hasta que un día lo golpeé tan fuerte con una roca, que no volvió a hacerlo nunca más.

No vi cuando sucedió, pero puedo imaginarlo en mi cabeza. Ella sabía que no debía salir de su casa, pero siempre se ponía muy feliz cuando venía a visitarnos por la tarde. Y nadie en su familia habría notado que se había ido. Ninguno de ellos había notado nunca a Felicitas.

El mismo día que me enteré de que Felicitas se había ido, fue el mismo día que decidí ir yo misma a buscar al rey.

Bueno, de hecho, fue esa misma noche, quiero decir, ya que no habría tenido oportunidad de alejarme a caballo de mi casa o de la aldea a la luz del día. No sabía que hacer, a decir verdad, sólo sabía que mi tío Ambrosio iba a llevar una carga de pieles de oveja al mercado de Hagsgate, y tienes que salir mucho antes de que salga el sol para llegar allí cuando abren el mercado. El tío Ambrosio es mi tío favorito, pero sabía que no podía pedirle que me llevara ante el rey. En lugar de eso, habría ido directamente a ver a mi madre, y le habría dicho que me diera sulfuro y melaza, y me metiera a la cama con una compresa de mostaza. Incluso a su propio caballo le da sulfuro y melaza.

Así que fui a la cama temprano esa noche, y esperé a que todos estuvieran dormidos. Quería dejar una nota sobre mi almohada, pero sólo escribí notas que luego rompía y arrojaba en la chimenea, hasta que tuve miedo de que alguien despertara o que el tío Ambrosio se marchase sin mí. Al final, sólo escribí Volveré a casa pronto. No llevé ropa conmigo, ni otra cosa, sólo un pedazo de queso, pues pensaba que el rey debía vivir en algún lugar cercano a Hagsgate, que es la única ciudad grande que he visto alguna vez. Mi padre y mi madre roncaban en su cuarto, pero Wilfrid dormía frente al hogar, y mis padres siempre le dejan hacerlo. Si lo levantas para llevarlo a su cama, lloriquea y patalea. No sé porqué lo hace.

Me quedé ahí parada un rato, mirándole. Wilfrid no parece tan malo cuando está dormido. Mi madre había colocado carbón para asegurarse de que habría fuego para el pan de mañana, y las mallas de algodón de mi padre estaban colgadas, secándose, pues había tenido que nadar en el estanque esa tarde para rescatar a un corderito. Las moví un poco, para que no se quemaran. Le di cuerda al reloj —se supone que Wilfrid debe hacerlo, pero siempre se le olvida— y pensé que todos oirían sus tics-tacs en la mañana cuando me buscaran por todos lados, demasiado asustados para tomar el desayuno. Caminé hacia mi cuarto.

Pero luego me volví a dar vuelta. Escalé para salir por la ventana de la cocina, porque la puerta del frente siempre rechina. Temí que Malka despertase y supiera al instante que tramaba algo, porque jamás podría engañarla, pero no despertó, y contuve el aliento todo el camino mientras corría hacia la casa del tío Ambrosio para zambullirme en su carreta llena de pieles de oveja. Hacía frío esa noche, pero bajo las pieles de oveja hacía calor y olía mal, y no podía hacer nada más que estar ahí tumbada esperando al tío Ambrosio. Pensé más que nadie en Felicitas, para evitar sentirme mal por dejar mi casa y a mi familia, cosa que en sí misma ya era bastante mala —nunca antes había perdido a alguien tan cercano, nunca jamás— pero de todos modos era diferente.

No me di cuenta cuando el tío Ambrosio finalmente llegó, ya que me dormí en la carreta y sólo desperté cuando percibí una sacudida y un sonido, ese tipo de gruñido que hace un caballo cuando lo despiertan y no le agrada, y nos fuimos a Hagsgate. La media luna se metía temprano, pero pude ver la aldea alejándose; no era plateada a la luz, sino descolorida, pequeña y aburrida. Y al mismo tiempo, casi empecé a llorar, porque se veía muy lejana, aunque ni siquiera habíamos pasado todavía el lago, y sentí como si nunca la fuera a volver a ver. Habría saltado de la carreta en ese momento, de haber podido.

Sabía que el grifo aún estaba cazando, aunque no pude verlo, obviamente, debajo de las pieles de oveja (además, tenía los ojos cerrados) pues sus alas hacían un sonido como el de mil cuchillas afilándose al mismo tiempo, y de vez en cuando soltaba un chillido espantoso, que sonaba suave y gentil, incluso triste y asustado, como si estuviese imitando el sonido que quizás hizo Felicitas cuando se la llevó. Me hundí en las pieles todo lo que pude y traté de volver a dormirme, pero ya no pude.

Eso estuvo bien, porque no quería llegar en carreta hasta Hagsgate, donde el tío Ambrosio me encontraría cuando descargase sus pieles en el mercado. Así que cuando dejé de escuchar al grifo (no cazan lejos de sus nidos si pueden evitarlo) saqué mi cabeza por el borde de la carreta, y vi las estrellas desaparecer, una a una, mientras el cielo se aclaraba. El rocío de la mañana cayó mientras la luna se metía.

Cuando la carreta dejó de brincar y sacudirse tanto, supe que debíamos haber entrado a la Carretera del Rey, y cuando oí las vacas masticando y rumiando suavemente a los lados, salté al camino. Me quedé ahí un momento, sacudiéndome las astillas y la lana, y viendo como la carreta del tío Ambrosio rodaba alejándose. Nunca había estado tan lejos de casa sola. O tan sola. La brisa hizo que el pasto seco rozara mis tobillos, y yo no tenía la menor idea de hacia dónde ir.

No sabía siquiera el nombre del rey, y jamás había oído a alguien llamarlo de otro modo que no fuera simplemente el rey. Sabía que no vivía en Hagsgate, sino en un gran castillo por ahí cerca, sólo que cerca es una cosa cuando vas montada en una carreta y otra distinta cuando vas a pie. Seguía pensando en mi familia, despertándose y buscándome, y en los sordos sonidos de las vacas, que me estaban abriendo el apetito, y en el queso que ya me había comido todo en la carreta. Quise tener una moneda conmigo, pero no para comprar algo, sino para arrojarla y me dijera si debía ir hacia la izquierda o hacia la derecha. Intenté hacerlo con piedras planas, pero no podía encontrarlas una vez que caían. Finalmente, me dirigí hacia la izquierda, por ninguna razón en especial, salvo que tenía un pequeño anillo de plata en la mano izquierda que me dio mi madre. Además había una especie de sendero por allí y pensé que podría acercarme hasta Hagsgate y luego pensar qué hacer. Soy buena para caminar. Puedo caminar hacia cualquier parte, si me dan el tiempo.

Sólo que… es más fácil en un verdadero camino. El sendero desapareció después de un rato, y tuve que abrirme paso entre árboles que crecían muy juntos y a través de plantas tan frondosas que mi cabello se llenó de ramitas y mis brazos me ardían y sangraban. Estaba cansada, sudada y casi llorando —casi— y cuando me sentaba a descansar, insectos y cosas por el estilo se me subían encima. Entonces escuché una corriente de agua por allí cerca, cosa que me dio sed de inmediato, y traté de seguir el sonido. Tuve que arrastrarme la mayor parte del camino, raspándome los codos y las rodillas de manera terrible.

No era más que un arroyuelo —en algunas partes el agua apenas llegaba arriba de mis tobillos— pero estaba tan feliz de encontrarlo que prácticamente lo abracé y lo besé, chapoteando y sumergiendo la cabeza en él, como hago con el oloroso pelaje de Malka. Después de beber todo lo que pude, me senté en una piedra y dejé que los pececillos hicieran cosquillas a mis pies fríos, sentí el sol en mi hombro y ya no pensé en reyes, grifos, en mi familia, en nada más.

Solo volteé la cabeza cuando escuché el sonido de caballos cruzando arroyo arriba. Jugaban con el agua, como hacen los caballos, haciendo burbujas como los niños. Eran caballos de establo corrientes, uno marrón y el otro gris. El jinete del caballo gris estaba desmontado, mirando la pata izquierda delantera del caballo. No pude verlos bien —ambos llevaban capas verde oscuro y unas mallas tan usadas que no se distinguía el color—, así que no supe que uno de ellos era una mujer hasta que oí su voz. Era una linda voz, baja, como la de Silky Joan, la mujer de la que mi madre nunca me deja hablar, pero con algo tosco en ella, como si pudiera chillar como un halcón cuando quisiera. Decía:

—No hay ninguna piedra que pueda ver. ¿Quizá una espina?

El otro jinete, que montaba el caballo marrón, contestó:

—O una herida. Déjame ver.

Su voz era más alegre y sonaba más joven que la de la mujer, pero sabía que era la de un hombre, porque era más alta. Bajó del caballo marrón y la mujer se apartó para que pudiese examinar la pata de su caballo. Antes que nada, puso las manos sobre la cabeza del caballo, una en cada lado, y le dijo algo que no pude oír. Y el caballo respondió. No con un relincho ni con uno de esos sonidos que suele hacer un caballo, sino como haría una persona que habla con otra. No puedo describirlo mejor que eso. Entonces el hombre alto se agachó, sostuvo la pata y la observó largo rato, y durante todo ese tiempo el caballo no se movió, ni agitó la cola, nada.

—Es una astilla de roca —dijo después de un rato—. Es muy pequeña, pero está bien clavada y empieza a crear una úlcera. No puedo imaginar porqué no lo noté inmediatamente.

—Bueno —dijo la mujer, tocándole el hombro—, no puedes darte cuenta de todo.

El hombre alto se veía molesto consigo mismo, igual que mi padre cuando se le olvida cerrar correctamente la reja de la pastura y el carnero negro de nuestro vecino entra y se pelea con el nuestro.

—Puedo —dijo—. Se supone que debo.

No pude ver lo que estaba haciendo, no exactamente. No tenía herramientas consigo, como el herrero, y de lo único que puedo estar segura, es que me pareció que le estaba cantando al caballo. Pero no creo que haya sido una canción propiamente dicha. Sonaba más bien como las rimas inventadas de los niños que se cantan a sí mismos cuando juegan solos en el lodo. No había tonada, sólo altos y bajos, dee-dah, dee-dah, dee… que aburriría hasta a un caballo, diría yo. Siguió haciéndolo otro rato, agachado y con la pata del caballo en la mano. De pronto, dejó de cantar y se paró, sosteniendo algo que brillaba a la luz del sol como el arroyo, y se lo enseñó de inmediato al caballo.

—Ya está —le dijo—. Eso era todo. Ahora todo estará bien.

La arrojó lejos, volvió a levantar la pata, pero esta vez no cantó, sólo la tocó suavemente con un dedo, acariciándola una y otra vez. Luego la dejó en la tierra y el caballo pateó el suelo una sola vez, con fuerza, y relinchó. El hombre se volteó hacia la mujer y dijo:

—De todas maneras, deberíamos acampar aquí esta noche. Ambos se ven cansados y me duele la espalda.

La mujer rió. Era un sonido profundo, dulce y pausado. Nunca oí una risa igual.

—¿El mago más grande que haya caminado sobre la tierra y le duele la espalda? Cúrala como curaste la mía, esa vez que me cayó un árbol encima. Te tomó unos cinco minutos, creo.

—Más que eso —dijo el hombre—. Además, estabas delirando, no podrías acordarte.

Tocó su cabello, que era grueso y bonito, aunque casi gris.

—Y sabes cómo soy con respecto a eso —dijo—. Todavía me gusta mucho ser mortal como para usar magia en mí mismo. Lo estropea de alguna manera, me arruina el sentimiento. Ya te lo dije antes, muchas veces.

La mujer dijo “Mmphh” de la misma forma en que he escuchado hacer a mi madre un millón de veces.

—Bueno, yo he sido mortal toda mi vida, y algunos días…

No terminó lo que estaba diciendo, y el hombre sonrió, de manera que se podría decir que estaba creyendo que ella le estaba bromeando.

—Algunos días… ¿qué?

—Nada —dijo la mujer—, nada, nada.

Sonó irritada al principio, pero luego puso sus manos en los brazos del hombre, y le dijo con una voz distinta:

—Algunos días, temprano por la mañana, cuando el viento huele a flores que nunca veré y hay faunos jugando en los huertos húmedos, y tú bostezas, te estiras y te rascas la cabeza, y gruñes diciendo que tendremos lluvia antes del anochecer y probablemente también granizo… en mañanas así, deseo con todo mi corazón que ambos pudiésemos vivir por siempre, y creo que eres un gran tonto por renunciar a ello.

Rió de nuevo, pero luego su voz tembló ligeramente cuando dijo:

—Entonces recuerdo cosas que sería mejor no recordar…, entonces mi estómago se revuelve y todo tipo de cosas empiezan a lastimarme, sin importar lo que sean ni donde lastimen, ya sea mi cuerpo, mi cabeza o mi corazón. Y entonces pienso que no, mejor no, quizá no.

El hombre alto la abrazó y la mujer descansó por un momento su cabeza en su pecho. No pude oír lo que ella le dijo después.

No creo haber hecho algún ruido, pero el hombre alto alzó su voz un poco, sin levantar la cabeza ni mirar en mi dirección, y dijo:

—Niña, aquí hay comida.

Al principio me asusté tanto que no podía moverme. Él no pudo haberme visto, detrás del arbusto y todos los árboles. Entonces empecé a recordar qué tan hambrienta estaba, y empecé a caminar hacia ellos sin darme cuenta. De hecho, miré hacia abajo para ver mis pies y los vi caminar como si fuesen los de otra persona, como si fuesen ellos los hambrientos, sólo que tenían que llevarme a mí hasta la comida. El hombre y la mujer se quedaron donde estaban, aguardándome.

De cerca, la mujer se veía más joven que su voz, y el hombre alto parecía más viejo. No, no es eso, no es eso lo que trato de decir. Ella no era joven, pero el cabello gris hacía parecer su rostro más joven, y su espalda estaba realmente derecha, como la mujer que viene cuando las mujeres de mi aldea van a tener bebés. Su cara también estaba tiesa y no me agradó mucho. Este rostro de mujer no era bello, supongo, pero era el rostro de alguien contra quien sería agradable acurrucarse en una noche de invierno. Es lo mejor que puedo decir de ella.

El hombre… un minuto se veía más joven que mi padre, y al siguiente más viejo que el hombre más viejo que he conocido, quizá más viejo de lo que la gente puede llegar a ser, incluso. No tenía el pelo gris, aunque sí algunas arrugas, pero no es eso lo que me llamó la atención. Fueron sus ojos. Sus ojos eran verdes, verdes, verdes, no como la hierba, ni las esmeraldas —conozco las esmeraldas porque una gitana me las enseñó— ni como las manzanas, limas o ese tipo de cosas. Tal vez eran tan verdes como el océano, sólo que yo nunca he visto el océano, así que no puedo saberlo. Si caminas hacia la espesura del bosque (no Midwood, por supuesto, sino otro tipo de bosques) tarde o temprano llegas a uno de esos lugares donde hasta las sombras son verdes, y así de verdes eran sus ojos. Tuve miedo de ellos al principio.

La mujer me dio un durazno y me observó morderlo, demasiado hambrienta como para darle las gracias. Me preguntó:

—Niña, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Estás perdida?

—No, no lo estoy —tartamudeé con la boca llena—. Sólo no sé donde estoy, eso es distinto.

El hombre y la mujer rieron, pero no fue una risa cruel y burlona. Les dije:

—Me llamo Sooz, y tengo que ver al rey. Vive por aquí cerca en alguna parte, ¿no?

Ambos se miraron. No podría decir lo que estaban pensando, pero el hombre arqueó las cejas y la mujer meneó la cabeza suavemente. Siguieron mirándose, hasta que la mujer dijo:

—Bueno, no cerca, pero tampoco demasiado lejos. Nosotros justamente vamos a visitarlo.

—Bien —dije—. Oh, qué bien. —Estaba tratando de sonar tan madura como ellos, pero estaba tan feliz de encontrar por fin a alguien que me llevara con el rey que me estaba costando mucho—. Iré con ustedes, entonces.

La mujer se opuso antes de que yo dijera las primeras palabras.

—No, no podemos —le dijo al hombre—. No sabemos cómo están las cosas.

Pareció triste, pero también firme, cuando me dijo:

—Niña, tú no eres lo que me preocupa. El rey es un buen hombre, y un viejo amigo, pero ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lo vimos, y los reyes cambian. Más que las otras personas, los reyes cambian.

—Debo verlo —dije—. Vayan, entonces. No pienso regresar a casa hasta que lo vea.

Acabé el durazno y el hombre me dio un pedazo de pescado seco y le sonrió a la mujer mientras yo lo devoraba. Le dijo:

—Me parece que ambos recordamos haber pedido hace mucho tiempo que nos llevaran en una misión. No puedo hablar por ti, pero yo le supliqué.

Pero la mujer no cambiaba de idea.

—Podríamos estar llevándola a un gran peligro. ¡No puedes arriesgarte, no está bien!

El hombre iba a responder, pero yo lo interrumpí —mi madre me hubiera dado una bofetada que me habría hecho volar por media cocina— gritando:

—Vengo de un gran peligro. Hay un grifo anidando en el Midwood, y se ha comido a Jehane, Louli y a Felicitas…

Y rompí a llorar, pero no me importaba. Traté de secarme las lágrimas, aún llorando tanto que no podía ver nada, pero la mujer me lo impidió y me entregó su pañuelo para que me secara los ojos y me limpiase la nariz. Olía bien.

—Niña —seguía diciendo el hombre—, niña, no te lo tomes así, no sabíamos acerca del grifo.

La mujer me abrazó, acarició mi cabello y miró al hombre como si fuera su culpa que yo estuviera llorando así. Me dijo:

—Por supuesto que te llevaremos, querida niña. Vamos, no te preocupes, por supuesto que lo haremos. Un grifo es un motivo para temer, pero el rey sabrá qué hacer con eso. El rey se come grifos en el desayuno; los embarra en el pan tostado con mermelada de naranja y los aplasta, te lo prometo.

Y así, diciéndome tonterías, la mujer me hizo sentir mejor, mientras que el hombre continuaba suplicándome que no llorara. Finalmente dejé de hacerlo cuando sacó un gran pañuelo rojo de su bolsillo, lo dobló para darle la forma de un pájaro y lo hizo volar. Mi tío Ambrosio hace trucos con monedas y conchas, pero jamás podría hacer algo como eso.

Su nombre era Schmendrick, y todavía creo que es el nombre más gracioso que he oído en toda mi vida. La mujer se llamaba Molly Grue. No partimos de inmediato, por los caballos, sino que acampamos donde estábamos. Esperaba que el hombre, Schmendrick, lo hiciera con su magia, pero sólo prendió una fogata, sacó las cobijas y trajo agua del arroyo como cualquier otra persona, mientras la mujer les sacaba los arneses a los caballos y los llevaba a pastar. Yo recogí madera para el fuego.

La mujer, Molly, me dijo que el nombre del rey era Lír, y que lo habían conocido cuando era un hombre joven, antes de convertirse en rey.

—Es un verdadero héroe —dijo—. El mayor mata-dragones, mata-gigantes, rescatador de doncellas y solucionador de acertijos imposibles. Podría ser el mayor héroe de todos, porque también es un buen hombre. No siempre lo son.

—Pero no quisiste llevarme ante él —dije—. ¿Por qué?

Molly suspiró. Estábamos sentadas bajo un árbol, mirando la puesta de sol, y ella me cepillaba el cabello, quitándome las ramitas.

—Es viejo ya —dijo—. Schmendrick tiene problemas con el tiempo (te explicaré eso otro día, es una larga historia) y no entiende que Lír pueda no ser ya el hombre que era. Podría ser una reunión triste.

Empezó a trenzar mi cabello alrededor de mi cabeza, para que no estorbara.

—Tuve un mal presentimiento acerca de este viaje desde el principio, Sooz. Pero Schmendrick sintió que Lír nos necesitaba, así que aquí estamos. No se puede discutir con él cuando se pone así.

—Una buena esposa nunca discute con su esposo —dije—. Mi madre dice que debes esperar hasta que salga o esté dormido, y entonces puedes hacer todo lo que tú quieras.

Molly rió, con esa risa rica y agradable de ella, como un profundo gorjeo.

—Sooz, te conozco apenas unas horas, pero apostaría hasta mi último centavo (sí, y el dinero de Schmendrick también) que discutirás en tu noche de bodas con cualquiera que te cases. De todas maneras, Schmendrick y yo no estamos casados. Estamos juntos, eso es todo. Hemos estado juntos largo tiempo.

—Oh —exclamé. No conocía a nadie que estuviera con alguien de esa manera, no en la forma en que ella lo decía—. Bueno, parecen casados. Algo así.

La cara de Molly no cambió, pero me rodeó los hombros y me abrazó por un momento, y susurró en mi oreja:

—No me casaría con él ni aunque fuera el último hombre de la tierra. Se come rábanos silvestres en la cama. Crunch, crunch, crunch, toda la noche. Crunch, crunch, crunch.

Me reí, y el hombre alto nos miró desde el sitio donde estaba lavando una sartén en el riachuelo. Los últimos rayos de sol le dieron de lleno en esos ojos verdes, brillantes como las hojas nuevas. Me guiñó uno de ellos y pude sentirlo, tal como uno siente la brisa en la piel cuando hace calor. Luego volvió a tallar la sartén.

—¿Nos tomará mucho tiempo llegar hasta el rey? —pregunté a la mujer—. Dijiste que no vivía muy lejos de aquí y tengo miedo de que el grifo se coma a alguien más mientras no estoy. Tengo que estar en casa pronto.

Cuando Molly terminó con mi cabello, le dio un suave tirón para levantar mi cabeza, y me hizo mirarla a los ojos. Eran tan grises como los de Schmendrick eran verdes, y supe que se volvían gris oscuro o gris claro dependiendo de su estado de ánimo.

—¿Qué esperas que pase cuando conozcas al rey Lír, Sooz? —me preguntó—. ¿Qué tenías en mente cuando fuiste a buscarlo?

Estaba sorprendida.

—Bueno, pienso hacerle venir conmigo a mi aldea. Todos esos caballeros que nos está enviando no sirven para nada, así que tendrá que ocuparse del grifo él mismo. Es el rey. Es su trabajo.

—Sí —dijo Molly, pero lo dijo tan bajo que casi no pude oírlo. Me dio unas palmaditas en el brazo, se levantó y se fue a sentarse sola junto al fuego. Lo hizo parecer como si estuviera avivándolo, pero en realidad no lo estaba haciendo.

Partimos temprano la mañana siguiente. Cabalgué con Molly un tiempo, pero poco a poco Schmendrick me fue pasando al suyo, para no cargar demás la pata lastimada del caballo. Fue mucho más agradable recostarse en él de lo que yo esperaba, huesudo unos lados, cómodo y flexible en otros. No hablaba mucho, pero cantaba a menudo mientras avanzábamos, unas veces en lenguas que no comprendía, otras con canciones tontas para hacerme reír, como ésta:

Soozli, Soozli,

dime loozli,

tú molestas a mi oozli-goozli.

Soozli, Soozli,

¿Podrías tú, choozli,

ser mi squoozli-squoozli?

No hizo nada de magia, excepto quizá una vez, cuando un cuervo molestaba a su caballo por pura maldad, ya que no había ningún nido cerca, haciendo que el pobrecillo bailara y se moviera tanto que casi me caigo. Schmendrick finalmente se volteó en su silla y lo miró. Al instante siguiente, un halcón llegó en picada y persiguió al cuervo, que tuvo que huir chillando hacia un arbusto espinoso donde el halcón no podía seguirlo. Supongo que eso fue magia.

Una vez que entramos a un camino decente, pasamos por una tierra realmente bonita. Árboles, praderas y pequeños valles, colinas cubiertas de flores silvestres que no conocía. Había mucha más lluvia aquí que donde yo vivía. Por eso era bueno que las ovejas no necesitaran tanto pasto como las vacas. Ellas van donde las cabras van y estas van a donde sea. Así somos en mi aldea, tenemos que ser así. Pero me gustaba más esta tierra.

Schmendrick me contó que no siempre había sido así.

—Antes de Lír, todo esto era un desierto donde nada crecía. Nada, Sooz. Se decía que el país estaba maldito, y en cierta forma así era, pero es algo que te contaré en otra ocasión.

La gente siempre te dice eso cuando eres un niño, y lo odio.

—Pero Lír cambió todo. La tierra estaba tan feliz de verle, que comenzó a florecer y a crecer a partir del momento en que se convirtió en rey, y así ha sido desde entonces. Excepto la pobre Hagsgate, pero ésa es otra historia también.

Su voz se hizo más lenta y profunda cuando habló de Hagsgate, como si no estuviera hablando conmigo.

Giré mi cuello para mirarle.

—¿Crees que el rey Lír vendrá conmigo y matará al grifo? Creo que Molly piensa que no lo hará porque ya es muy viejo.

No sabía que estaba preocupada hasta que lo dije.

—Pues claro que lo hará, niña —Schmendrick volvió a guiñarme un ojo—. Si no se lanzó al rescate de tu aldea desde el principio, seguramente fue porque estaba en otra aventura heroica. Estoy seguro de que tan pronto como se lo pidas (recuerda que debes hacer una reverencia) tomará su gran espada y su lanza, te subirá a su silla y correrá tras tu grifo dejando el camino humeando tras él. Joven o viejo, siempre ha sido así —aplacó mi cabello en la nuca—. Molly se preocupa demás. Ésa es su forma de ser. Somos quienes somos.

—¿Qué es una reverencia? —pregunté.

Ahora lo sé, porque Molly me lo enseñó, pero en ese momento no lo sabía. No se rió, salvo con los ojos, y me hizo señas para que volviera a mirar hacia el frente mientras volvía a cantar:

Soozli, Soozli,

me diviertes,

hasta el fondo de mi almasli-zapatosli.

Soozli, Soozli,

Traigo noticisli

nos podríamos casar el próximo martli-asasli.

Descubrí que el rey había vivido en un castillo que estaba sobre un acantilado junto al mar cuando era joven, a menos de un día de viaje de Hagsgate, pero que se había derrumbado —Schmendrick no me quiso decir cómo— así que construyó uno nuevo en otro lugar. Lo sentí de veras, porque nunca he visto el mar, y siempre he deseado verlo, pero de todas formas no he podido. Pero tampoco había visto un castillo, así que me consolaba eso. Me recosté contra su pecho y me quedé dormida.

Habían viajado lento, dando tiempo de sanar al caballo de Molly, y una vez que su pata estuvo bien de nuevo, galopamos casi todo el camino que quedaba. Esos caballos no parecían mágicos ni especiales, pero podían correr por horas sin cansarse, y cuando ayudé a cepillarlos y almohazarlos, noté que apenas sudaban. Dormían de lado, como los hombres, no parados, como nuestros caballos.

Incluso así, nos tomó tres días completos llegar hasta el rey Lír. Molly dijo que él tenía malos recuerdos del castillo que se había caído, y por eso era que éste estaba tan lejos del mar como había sido posible, y era tan diferente al antiguo. Estaba en una colina, para que el rey pudiese ver a quien viniese por el camino, pero no tenía foso, ni guardias con armaduras, y sólo había una bandera en las paredes. Era azul, con el dibujo de un unicornio blanco en ella. Nada más.

Estaba decepcionada. Traté de no mostrarlo, pero Molly lo notó.

—Tú querías una fortaleza —me dijo gentilmente—. Esperabas torres de piedra oscura, banderas, cañones y caballeros, trompeteros tocando desde las almenas. Lo siento. Y éste es tu primer castillo, con todo.

—No, es un bonito castillo —dije

Y era bonito, emplazado pacíficamente en la falda de la colina, en plena luz del sol, rodeado por todas esas flores silvestres. Había un mercado, podía notarlo ahora, y había casitas como las nuestras reposando contra las paredes del castillo, permitiéndole a la gente entrar si necesitaban protección.

—Con sólo verlo —dije—, se puede notar que el rey es un buen hombre.

Molly me miraba con su cabeza ligeramente ladeada.

—Es un héroe, Sooz —me dijo—. Recuerda eso, veas lo que veas, pienses lo que pienses. Lír es un héroe.

—Bueno, eso ya lo sé —contesté—. Estoy segura de que me ayudará, lo estoy.

Pero no lo estaba. Desde el momento en que vi ese castillo lindo y amistoso, no estaba segura.

No tuvimos problemas para entrar. La puerta simplemente se abrió cuando Schmendrick tocó una vez, y él, Molly y yo entramos por el mercado, donde la gente vendía todo tipo de frutas y vegetales, ollas y sartenes, ropa y etcétera, justo como hacen en nuestra aldea. Todos nos llamaron a sus puestos para que les compráramos cosas, pero nadie trató de impedirnos entrar al castillo. Había dos hombres en las dos grandes puertas y ellos sí nos preguntaron nuestros nombres y por qué deseábamos ver al rey Lír. Pero en el momento en que Schmendrick les dijo su nombre, retrocedieron rápidamente y nos dejaron pasar, así que empecé a pensar que quizás sí era un gran mago, aunque nunca le había visto hacer nada más que pequeños trucos y cancioncitas. Los hombres no se ofrecieron a llevarle con el rey, y él no lo pidió.

Molly tenía razón. Yo había esperado que el castillo fuera frío y sombrío, con reinas que nos mirarían de reojo y grandes hombres tintineando en sus armaduras. Pero los pasillos por los que seguimos a Schmendrick estaban llenos de luz que entraba de grandes y largas ventanas, y la gente a la que vimos casi siempre asentía y nos sonreía. Pasamos una escalera de piedra que se retorcía hasta perderse de vista y estaba segura de que el rey vivía en la cima, pero Schmendrick ni siquiera la miró. Nos guió a través del gran salón (¡tenían una chimenea lo suficientemente grande como para asar a tres vacas!) y a través de las cocinas, el fregadero y la lavandería hasta un cuarto debajo de otra escalera. Ese sí era oscuro. Alguien que no supiera dónde buscar, no lo habría encontrado. Schmendrick no tocó, no dijo nada mágico para que se abriera. Sólo se paró afuera y esperó, y, poco a poco, se abrió y entramos.

El rey estaba allí. Sólo, el rey estaba allí.

Estaba sentado en una silla ordinaria de madera, no en un trono. Era realmente un cuarto pequeño, del mismo tamaño que el cuarto de tejer de mi madre, así que quizás era ésa la razón de que el rey se viera tan grande. Era tan alto como Schmendrick, pero se veía más ancho. Yo esperaba que tuviese una barba larga, expandiéndose por todo su pecho, pero sólo tenía una corta, como mi padre, pero blanca. Llevaba un manto rojo y dorado, y había una corona real de oro en su cabeza blanca, no más grande que las guirnaldas que les ponemos a los carneros campeones al final del año. Tenía una cara amable, con una vieja y grande nariz, y grandes ojos azules, como un niño pequeño. Pero sus ojos eran tan cansados y pesados, que no podía comprender cómo los mantenía abiertos. A veces no lo hacía. No había nadie más en el cuartito, y nos miró a los tres como si supiese que nos conocía, pero sin saber por qué. Trató de sonreír.

Schmendrick dijo gentilmente:

—Majestad, somos Schmendrick y Molly, Molly Grue.

El rey parpadeó.

—Molly, la del gato —susurró Molly—. ¿Recuerdas al gato, Lír?

—Sí —dijo el rey. Pareció tomarle una eternidad decir esa palabra—. El gato, sí, claro.

Pero no dijo nada más después de eso, y sólo se quedó ahí, sentado, sonriendo a algo que no podía ver.

Schmendrick le dijo a Molly:

—Ella solía olvidarse de sí misma igual —su voz había cambiado, del mismo modo que lo había hecho cuando habló de cómo solía ser el país—. Y entonces tú solías recordarle que ella era un unicornio.

Entonces el rey cambió. Sus ojos se tornaron claros y brillantes con el sentimiento, igual que los ojos de Molly, y nos vio por primera vez. Dijo amablemente:

—¡Oh, mis amigos! —y se levantó, vino hacia nosotros y rodeó a Schmendrick y Molly con sus brazos.

Y vi que había sido un héroe, y que aún lo era, y pensé que tal vez todo estaría bien, después de todo. Quizá, realmente, estaría todo bien.

—¿Y quién podría ser esta princesa? —preguntó, mirándome fijamente. Tenía la voz propia de un rey, fuerte y profunda, pero no aterradora ni cruel. Traté de decirle mi nombre, pero no pude emitir ningún sonido, así que él se arrodilló frente a mí y tomó mi mano. Me dijo—: He servido frecuentemente a princesas en apuros. Ordéname.

—No soy una princesa, soy Sooz —dije—. Y soy de una aldea que usted no conocería siquiera, y hay un grifo que se está comiendo a los niños. —Todo salió de un tirón, pero él no se burló ni me vio de otra forma. Lo que sí me preguntó fue el nombre de mi aldea. Se lo dije y él dijo—: Pero sí la conozco, damita. He estado allí. Y ahora tendré el placer de regresar.

Por encima de su hombro, pude ver que Schmendrick y Molly se miraban fijamente. Schmendrick parecía estar a punto de decir algo, pero entonces se giraron hacia la puerta, porque una pequeña mujer oscura, como de la edad de mi madre, vestida tan sólo con una túnica, mallas y botas, igual que Molly, acababa de entrar. Dijo con una voz trémula y preocupada:

—Siento de verdad no haber estado aquí para saludar a los viejos compañeros de Su Majestad. No hay necesidad de que me digan sus ilustres nombres. Yo soy Lisene, la secretaria real, traductora y protectora. —Tomó el brazo del rey Lír con mucho cuidado y tacto y lo llevó hasta su silla.

Schmendrick pareció necesitar un minuto para recuperar el aliento.

—Jamás supe que mi amigo Lír necesitara alguno de esos servicios. Especialmente una protectora.

Lisene estaba ocupada con el rey y no miró a Schmendrick mientras le contestaba.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que lo vio por última vez?

Schmendrick no respondió. La voz de Lisene era tranquila, sin rastro de nerviosismo.

—El tiempo hace presa de todos, mi señor, tarde o temprano. Ninguno de nosotros es lo que ha sido.

El rey Lír se sentó obedientemente en su silla y cerró los ojos.

Podía darme cuenta de que Schmendrick estaba enojado, y que se enojaba más a cada instante, pero no lo demostró. Mi padre se enoja igual, por eso me di cuenta.

—Su Majestad ha estado de acuerdo en ir a la aldea de esta joven para liberar a su gente de un grifo merodeador. Saldremos mañana.

Lisene se volteó hacia nosotros tan rápido, que estaba segura de que empezaría a gritar y a dar órdenes a todo el mundo. Pero no lo hizo. No dio señales de estar molesta o alarmada. Todo lo que dijo fue:

—Me temo que eso no será posible, mi señor. El rey no se encuentra en una condición adecuada para semejante viaje, mucho menos para semejante cruzada.

—El rey piensa distinto —dijo Schmendrick, apretando los dientes.

—¿Lo piensa, eh? —Lisene señaló al rey Lír, y vi que se había quedado dormido en su silla. Su cabeza colgaba (me dio miedo que se le cayera la corona) y su boca estaba abierta. Lisene habló de nuevo—. Ustedes vinieron buscando al guerrero invencible que recordaban y han encontrado a un hombre senil y decrépito. Créanme que comprendo su problema, pero deben entender…

Schmendrick la interrumpió. Nunca entendí a qué se refería la gente cuando hablaba de los ojos relampagueantes de otra persona, pero al menos los ojos verdes de Schmendrick podían hacerlo realmente. Pareció más alto de lo que era, y cuando señaló a Lisene, yo de verdad esperaba que la mujercita estallara en llamas o se derritiera. La voz de Schmendrick era especialmente aterradora, porque era muy calmada:

—Escúcheme bien —dijo—. Soy Schmendrick el Mago, y sigo viendo a mi viejo amigo Lír tal como siempre lo he visto: sabio, poderoso y bondadoso, amado por un unicornio.

Y con esa palabra, por segunda vez, el rey despertó. Parpadeó una vez, luego se asió a los brazos de la silla y se puso en pie. No nos miró, sino a Lisene, y dijo:

—Iré con ellos. Es mi prueba y mi regalo. Tú te encargarás de que me preparen.

Lisene chilló:

—¡Majestad, no! ¡Majestad, le suplico!

El rey Lír tomó la cabeza de Lisene entre sus grandes manos, y pude ver que había amor entre ellos.

—Esto es para lo que soy —dijo—. Lo sabes tan bien como él. Encárgate de eso, Lisene, y mantén las cosas en orden mientras no estoy.

Lisene se veía tan triste, tan perdida, que no supe qué pensar de ella o del rey Lír. No me di cuenta de que me había acurrucado otra vez contra Molly Grue, hasta que sentí su mano en mi cabello. No dijo nada, pero era un alivio sentirla allí. Lisene contestó, quedamente:

—Me encargaré.

Se volvió entonces y se dirigió hacia la puerta con la cabeza baja. Yo creo que quería pasarnos sin vernos siquiera, pero no pudo hacerlo. Justo en la puerta, su cabeza se irguió y miró fijamente a Schmendrick, de una manera tan penetrante y dura que me apreté más en la falda de Molly para no ver sus ojos. La oí decir, aunque apenas podía emitir palabras:

—Su muerte caerá sobre su cabeza, mago.

Creo que estaba llorando, pero no como lloran los adultos.

Y escuché la respuesta de Schmendrick, dicha con una voz tan fría que no la habría reconocido si no supiera quién hablaba:

—Ha muerto antes. Mejor esta muerte, mejor ésta, mejor cualquier muerte, que la que está viviendo en esa silla. Si el grifo lo mata, de todas formas le habrá salvado la vida.

La puerta se cerró.

Le pregunté a Molly, tan bajo como pude:

—¿Qué quiere decir con eso de que el rey ya ha muerto antes?

Pero me hizo a un lado, fue hacia el Rey Lír y se hincó frente a él, alcanzando una de sus manos y poniéndola entre las suyas. Le dijo:

—Mi señor… Majestad… amigo… querido amigo… recuerda. Oh, por favor, por favor, recuerda.

El anciano se tambaleaba sobre sus pies, pero puso su otra mano sobre la cabeza de Molly y murmuró:

—Niña, Sooz ¿es ése tu hermoso nombre, Sooz? por supuesto que iré a tu aldea. No ha anidado un grifo que se atreva a dañar a la gente del rey Lír —se sentó en la silla de nuevo, pero apretó fuertemente su mano. La miró, con sus ojos azules muy abiertos y su boca temblando un poco. Continuó—: Pero debes recordármelo, pequeña. Cuando yo… cuando yo me pierdo a mí mismo, cuando la pierdo, debes recordarme que aún la estoy buscando, aún la estoy esperando… que nunca la he olvidado, que nunca me he apartado de lo que ella me enseñó. Me siento en este lugar… me siento… porque un rey tiene que sentarse, ¿comprendes?… Pero en mi mente, en mi pobre mente, siempre estoy con ella…

No tenía ni la menor idea de qué estaba hablando. Ahora sí.

Se durmió otra vez, sosteniendo la mano de Molly. Ella se sentó cerca de él un largo tiempo, con su cabeza apoyada en su rodilla. Schmendrick se fue para asegurarse de que Lisene estuviera haciendo lo que se suponía que haría, preparar todo para la partida del rey. Había un gran alboroto, el suficiente como para pensar que empezaría una guerra, pero nadie entró a ver al rey Lír o a hablar con él, desearle suerte o algo. Era casi como si no estuviera realmente allí.

Yo traté de escribir una carta a casa, con descripciones del rey y del castillo, pero me dormí como él, y seguí durmiendo el resto del día y toda la noche también. Me desperté en una cama en la que no recordaba haberme metido, con Schmendrick inclinándose sobre mí, diciendo:

—Arriba, criatura, levántate. Empezaste todo este alboroto, y ahora debes verlo terminado. El rey irá a derrotar a tu grifo.

Estaba fuera de la cama antes de que terminase de hablar.

—¿Ahora? ¿Nos vamos ahora mismo?

Schmendrick se encogió de hombros.

—Hacia el mediodía, supongo, si logro finalmente hacer comprender a Lisene y al resto que no vendrán con nosotros. Lisene quiere llevar cincuenta hombres armados, una docena de carretas con víveres, un regimiento de heraldos para enviar y recibir mensajes y cada malhadado médico en el reino —suspiró y estiró sus manos—. Quizá tenga que convertirlos en piedra si queremos salir hoy.

Pensé que probablemente estaría bromeando, pero ya sabía que nunca se podía estar segura con Schmendrick.

—Si Lír viene con una caravana de seguidores —dijo—, no habrá Lír. ¿Me entiendes, Sooz?

Negué con la cabeza. Schmendrick siguió hablando:

—Es mi culpa. Debí asegurarme de visitarle más seguido. Hay cosas que podría haber hecho para mantener al Lír que Molly y yo una vez conocimos. Mi culpa, mi estupidez.

Recordé que Molly me había dicho “Schmendrick tiene problemas con el tiempo.” Aun no comprendía lo que eso quería decir, ni de lo que me estaba hablando ahora.

—Es la forma en que se ponen los ancianos —dije—. Tenemos hombres viejos en nuestra aldea que hablan como él. Una mujer también, Mam Jennet. Siempre llora cuando llueve.

Schmendrick apretó sus puños y golpeó su pierna.

—El Rey Lír no está loco, niña, ni senil, como Lisene le llamó. Él es Lír, Lír todavía, te lo prometo. Es sólo que aquí, en este castillo, rodeado de gente buena y leal que lo ama (que lo amaría a muerte, si se les permitiese) se hunde en… en la condición que has visto.

No dijo nada más por un momento, y entonces se inclinó un poco para verme de cerca.

—¿Has notado cómo cambia el rey cuando hablo de unicornios?

—Unicornio —respondí—. Un unicornio que lo amó. Lo noté.

Schmendrick seguía mirándome con esa nueva expresión, como si fuera la primera vez que nos veíamos.

—Perdóname, S

servido por Darío sin comentarios compártelo

sin comentarios · Escribe aquí tu comentario

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de Darío

tlufanlatino

Asunción, Sajonia, Paraguay
ver perfil »
contacto »
Mi nombre es Údriel e hice este Blog por la escasa información de este tema en español. Me interesan todo tipo de temas relacionados con el cine y la lectura, de preferencia temas fantásticos u esotéricos. También la posibilidad de encontrar personas con las cuales entablar conversación, críticas y opiniones sobre temas afines a éstos.

Fotos

Darío Estigarribia Cristaldo todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera